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El precio de la bata blanca

Entre guardias, sacrificios y vocación
20 de enero de 2026 por
El precio de la bata blanca
Dr. Wander Santos, MD
Índice

Cada capítulo puede ser una entrada individual:

  1. La decisión de ser médico
    • Cómo un plan fallido me llevó a la medicina
    • Vocación, destino y la primera decisión que cambió mi vida
  2. Mis primeros días como estudiante
    • La emoción del primer día
    • El apoyo de mi madre y la importancia de la motivación familiar
  3. El primer hospital
    • La primera visita formal al Hospital Presidente Estrella Ureña
    • Experiencia en la sala quirúrgica y aprendizaje práctico
  4. Las noches de estudio y el desgaste emocional
    • Horas de estudio frente a libros y memorias
    • El desafío de aprender anatomía y fisiología
  5. El primer examen que puso todo en duda
    • Anatomía I: huesos, músculos, irrigación e inervación
    • La presión de demostrar todo lo aprendido
  6. Guardias y responsabilidades iniciales
    • Primeros días de práctica clínica
    • Comprender la importancia de la atención al detalle
  7. El hospital también enseña a callar
    • Cómo manejar emociones y aprender de la observación
    • La disciplina silenciosa del entorno hospitalario
  8. El internado ya no es una idea
    • La transición de estudiante a interno
    • Responsabilidad real frente a pacientes y decisiones médicas
  9. La primera guardia como interno
    • Experiencia en el Hospital José María Cabral y Báez
    • Rotación por Medicina Interna y primeros retos reales
  10. Medicina Interna no perdona distracciones
    • La necesidad de atención plena
    • La complejidad de los pacientes y la toma de decisiones rápida
  11. Aprender a pensar bajo presión
    • Cómo entrenar la mente en situaciones críticas
    • Priorizar, evaluar y actuar con rapidez
  12. La carga emocional del internado
    • Estrés, miedo, soledad y resiliencia
    • Cómo manejar emociones en un entorno exigente
  13. Cuando el internado te cambia
    • Transformaciones personales y profesionales
    • Redefinir la vocación y la forma de ver la vida
  14. Lo que nadie te cuenta del internado
    • Verdades poco comentadas
    • Realidades crudas y aprendizajes silenciosos
  15. Aun así, volvería a elegirlo
    • Reflexión final sobre la vocación y la resiliencia
    • Por qué, a pesar de todo, la elección de la medicina vale la pena
  16. Epílogo: Para quien está por empezar
    • Consejos a futuros estudiantes e internos
    • Reflexiones sobre el camino que comienza

INDTRODUCCIÓN

Cuando decidí estudiar medicina, imaginaba pasillos iluminados, pacientes agradecidos y la satisfacción de salvar vidas. Nadie me habló de las noches sin dormir, de la presión constante, del peso de la responsabilidad ni de las decisiones difíciles que empezarían mucho antes de tener un título en mis manos.

El internado médico no fue solo una etapa de formación académica; fue una prueba de carácter, de resistencia y de vocación. Fue en esos pasillos donde comprendí que la medicina no se aprende únicamente en los libros, sino en cada guardia interminable, en cada paciente que deposita su confianza en ti y en cada momento en que debes mantener la calma aun cuando el cansancio te invade.

Esta lectura nace de la necesidad de contar lo que pocos ven y pocos se atreven a decir: la realidad detrás de la bata blanca. No es una historia de victimización ni de glamour hospitalario. Es un testimonio honesto de lo que significa ser médico interno en la República Dominicana, con sus desafíos, sacrificios y también sus momentos de profunda gratificación. Aquí relato mis experiencias, mis errores, mis aprendizajes y las lecciones que marcaron mi camino. Hablo de las guardias largas, de las decisiones difíciles, del trato con pacientes y del sistema de salud que nos forma y, en ocasiones, nos pone a prueba. Mi intención no es desmotivar a quienes sueñan con ser médicos, sino prepararlos emocionalmente y mostrarles la realidad con transparencia. Para quienes ya pasaron por el internado, este libro será un espejo de sus propias vivencias. Para quienes están por vivirlo, será una mirada sincera de lo que les espera.

Porque detrás de cada bata blanca hay un ser humano que siente, duda, aprende y crece.

Capítulo 1  
La decisión de ser médico

No recuerdo un solo momento exacto en el que dije: “quiero ser médico”. Más bien fue una idea que creció conmigo, como una semilla plantada sin que yo me diera cuenta. De niño, miraba a los médicos con una mezcla de admiración y misterio. La bata blanca me parecía un símbolo de respeto, conocimiento y poder para aliviar el dolor. En mi mente infantil, ser médico significaba ser un héroe silencioso: alguien que salva vidas, que trae esperanza y que siempre sabe qué hacer. Crecí escuchando historias de familiares y conocidos que habían pasado por hospitales, algunos con finales felices y otros no tanto. Cada relato reforzaba en mí una sensación profunda: quería estar del otro lado, el lado de quienes luchan por la vida. Sin embargo, en ese entonces no entendía lo que realmente implicaba esa decisión. En la escuela, las ciencias siempre me llamaron la atención. La biología me fascinaba: el funcionamiento del cuerpo humano, la complejidad de los órganos, la forma en que todo trabaja en equilibrio. Sentía que había algo casi mágico en comprender cómo funciona la vida desde adentro. Pero más allá de la ciencia, había algo más fuerte: el deseo de servir. Aun así, mi camino hacia la medicina no fue tan directo como muchos podrían pensar. Al culminar la secundaria, acudí a la universidad con una idea clara en mi mente: quería ingresar a la escuela de odontología. Llegué a admisiones con esa intención firme, acompañado de una compañera con la que compartía sueños y expectativas sobre nuestro futuro profesional. Sin embargo, al presentarnos en la universidad, nos comunicaron que en ese recinto aún no tenían disponible la carrera de odontología. En ese momento sentí incertidumbre. Todo lo que había planeado parecía tambalearse en cuestión de minutos. Pero, al mismo tiempo, hubo algo extraño, casi inexplicable: una sensación de que ese cambio no era casualidad. Hoy, mirando atrás, no sé si fue una señal de Dios o simplemente el curso natural de mi destino, pero en ese instante comprendí que quizás ya estaba destinado a la medicina, aunque todavía no lo supiera con certeza. Fue allí, en ese momento decisivo, cuando mi compañera y yo nos miramos y, casi sin pensarlo demasiado, decidimos inscribirnos en medicina.

No teníamos idea del gran y vasto mundo en el que nos estábamos a punto de sumergir. No imaginábamos las largas horas de estudio, las noches sin dormir, las emociones encontradas, los retos físicos y mentales, ni el nivel de compromiso que esta carrera exigiría de nosotros. Solo sabíamos que queríamos seguir adelante y que algo dentro de nosotros nos impulsaba a tomar ese camino. Y así, sin saberlo completamente, dio inicio mi maravillosa —y desafiante— vida como estudiante de medicina. Ingresar a la facultad fue como abrir una puerta a un mundo completamente nuevo. Al principio, todo era ilusión: las clases, los libros, las prácticas, el ambiente hospitalario. Me sentía parte de algo grande, algo noble. Pero con el tiempo, empecé a entender que ser médico no solo se trata de aprender diagnósticos o memorizar protocolos. Se trata de resistencia emocional, de empatía, de disciplina y de una vocación que debe ser más fuerte que el agotamiento. La decisión de ser médico no fue solo elegir una profesión; fue elegir un estilo de vida. Años después, cuando inicié mi internado médico, comprendí realmente el peso de esa decisión. Comprendí que la bata blanca no solo representa conocimiento y respeto, sino también sacrificio, noches sin dormir y una responsabilidad enorme sobre la vida de otros. Y aunque en muchos momentos sentí el cansancio y la presión, nunca dejé de recordar por qué elegí este camino: porque en lo más profundo de mí, siempre quise ayudar, aprender y servir. Ese fue el inicio de mi travesía en la medicina. Una travesía que me llevaría a vivir experiencias que cambiarían mi forma de ver la vida, la profesión y a mí mismo.

Capítulo 2 
Mis primeros días como estudiante de medicina

El primer día en la facultad de medicina no se parece a nada que uno haya vivido antes. Pero antes de hablar de aulas, pasillos y profesores, tengo que hablar de alguien fundamental en este inicio: mi madre. En mis primeros días asistiendo a la universidad como estudiante de medicina, el único emocionado no era solo yo. Mi madre vivía ese momento conmigo con una intensidad que aún hoy recuerdo con claridad. Desde la noche anterior, ella había estado despierta más tiempo que yo, preparando todo con cuidado, asegurándose de que no me faltara nada. Esa mañana, mientras me alistaba, la vi mirarme con orgullo y preocupación al mismo tiempo.

— “Confío en ti, hijo. Tú puedes con esto,” me dijo mientras ajustaba mi camisa.

Yo intenté sonreír, aunque por dentro sentía un torbellino de emociones. Fue ella quien, desde el principio, persistió, me apoyó y me mantuvo firme cuando aparecían las dudas. En momentos en los que yo aún no dimensionaba lo que implicaba esta carrera, ella ya creía en mí con una convicción inquebrantable. Hoy puedo decir sin temor a equivocarme que mi madre fue la pieza clave para iniciar lo que muy pronto se convertiría en la mejor decisión de mi vida. Con su respaldo en mi mente y en mi corazón, salí rumbo a la universidad. Recuerdo perfectamente esa primera mañana en el campus. Me levanté más temprano de lo habitual, con una mezcla de emoción y nervios que me apretaba el pecho. Planché mi ropa con cuidado, me miré varias veces en el espejo y pensé: “Hoy empiezo oficialmente mi camino en la medicina.”

Al llegar, el ambiente era distinto al de cualquier otro lugar que hubiera conocido. Había estudiantes por todas partes: algunos con rostros confiados, otros claramente tan nerviosos como yo. Se respiraba expectativa, ambición y, sin saberlo aún, también estrés. Mi compañera, con quien había decidido inscribirme en medicina, caminaba a mi lado.

— “¿Estás listo para esto?” —me preguntó con una media sonrisa que intentaba ocultar su inquietud.

— “Listo no sé… pero aquí estamos,” le respondí, intentando sonar seguro.

Entramos al edificio para ser específico: UASD-Cursa EP allí todo parecía gigantesco: pasillos largos, murales con imágenes del cuerpo humano, vitrinas con información de movimientos estudiantiles y estudiantes de semestres superiores caminando con bata blanca. En ese momento sentí algo que jamás había sentido: una mezcla de orgullo y pequeñez. Nos dirigimos al salón de clases asignado para los estudiantes de nuevo ingreso. Cuando entramos, el aula ya estaba casi llena. Murmullos, risas nerviosas y conversaciones cruzadas llenaban el aire. Nos sentamos en la segunda fila. Minutos después, la puerta se abrió con firmeza y entró nuestro primer profesor. Era un médico mayor, de porte serio, cabello canoso y una mirada penetrante que parecía atravesarte sin esfuerzo. Caminó lentamente hasta el frente, dejó sus libros sobre el escritorio y observó a la clase en silencio por unos segundos que parecieron eternos.

Luego habló.

— “Buenos días. Bienvenidos a la Universidad Autónoma De Santo Domingo.”

Su voz era grave y pausada.

— “Muchos de ustedes creen que están aquí porque quieren ‘ayudar a la gente’. Eso está bien… pero déjenme decirles algo desde ahora: la medicina no es para los débiles.”

El salón quedó completamente en silencio.

Continuó:

— “Aquí no solo se mide su inteligencia, sino su resistencia, su carácter y su capacidad para soportar presión. Si vinieron buscando glamour, fama o dinero fácil, están en el lugar equivocado.”

Sentí un nudo en el estómago.

Miré a mi compañera y susurré:

— “Creo que esto será más duro de lo que imaginamos.”

Ella asintió sin decir palabra.

El profesor siguió hablando con tono firme:

— “Muchos entran, pocos terminan. No porque no sean capaces, sino porque esta carrera exige sacrificios que no todos están dispuestos a hacer.” En ese momento comprendí que ya no había vuelta atrás. Esa misma tarde tuvimos nuestra primera clase de Anatomía. Al entrar al laboratorio, el olor a formaldehído era tan fuerte que me mareó por unos segundos. Había modelos anatómicos, láminas y fotografías detalladas del cuerpo humano. Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó:

— “Doctor, ¿cuándo empezamos a ver pacientes reales?”

El profesor respondió sin dudar:

— “Cuando estén preparados… y créanme, eso toma tiempo.”

Al salir de la primera jornada, mi cabeza estaba llena de información y mis emociones completamente revueltas.

Caminé con mi compañera hacia la salida.

— “¿Te arrepientes?” —me preguntó.

Lo pensé por un instante.

Miré el edificio, los estudiantes, el movimiento constante… y respondí con honestidad:

— “No. Tengo miedo… pero no me arrepiento.”

Esa noche, al llegar a casa, mi madre me esperaba despierta.

— “¿Cómo te fue?” —preguntó con genuino interés.

Le conté todo: el profesor, el laboratorio, mis nervios, mis dudas.

Ella escuchó en silencio y luego me dijo con calma:

— “Esto apenas empieza, pero yo sé que tú puedes. No estás solo.”

Mientras estudiaba más tarde, reflexioné sobre algo importante: ese día no solo había empezado una carrera, había empezado una transformación. Los días siguientes no fueron más fáciles. Clases desde temprano, prácticas exigentes, montañas de material por estudiar y la constante sensación de que siempre había algo más que aprender. Empecé a entender por qué muchos decían que medicina no era solo una carrera, sino una forma de vida. Recuerdo particularmente un momento en la segunda semana. Estábamos en una clase teórica cuando otro profesor nos hizo una pregunta directa:

— “¿Por qué quieren ser médicos?”

Hubo respuestas variadas:

— “Para salvar vidas.”

— “Porque me gusta la ciencia.”

— “Porque quiero ayudar a mi comunidad.”

Cuando llegó mi turno, respiré profundo y dije:

— “Quiero ser médico porque creo que puedo marcar una diferencia… aunque todavía no sé exactamente cómo.”

El profesor me miró fijamente y respondió:

— “Esa respuesta es honesta… y la honestidad es un buen inicio en esta profesión.”

A medida que avanzaban las semanas, mi percepción de la medicina comenzó a cambiar. Ya no era solo admiración; ahora también veía la exigencia, el sacrificio y la responsabilidad que conlleva. Pero, a pesar de todo, algo dentro de mí crecía: la certeza de que había tomado el camino correcto —una decisión apoyada, guiada y sostenida por mi madre desde el primer día. Mis primeros días como estudiante de medicina no fueron perfectos, ni fáciles, ni gloriosos. Fueron confusos, desafiantes y profundamente formativos. Sin embargo, fueron el comienzo de un viaje que me llevaría, años después, a enfrentar el internado médico… donde realmente entendería el verdadero precio de la bata blanca.

Capítulo 3
El primer contacto con el hospital

El hospital siempre había sido un lugar ajeno para mí. Hasta ese momento, solo lo conocía desde la perspectiva del paciente o del visitante: salas de espera, pasillos fríos y rostros serios. Nunca imaginé que algún día caminaría por esos mismos pasillos con la responsabilidad de aprender a cuidar vidas. El primer hospital que visitamos formalmente como estudiantes de medicina fue el Hospital Presidente Estrella Ureña, conocido por muchos simplemente como el Seguro Social. Aquel nombre, que antes escuchaba de manera cotidiana, comenzó ese día a tener un significado completamente distinto para mí. Recuerdo claramente cuando nuestro maestro de Anatomía I nos informó que tendríamos una visita hospitalaria.

— “Ya es momento de que vean con sus propios ojos lo que hasta ahora solo han estudiado en los libros,” nos dijo con tono serio.

El aula se llenó de murmullos. Algunos sonreían con entusiasmo; otros, como yo, sentíamos una mezcla de emoción y nervios difíciles de describir. La noche anterior casi no dormí. Preparé mi mochila varias veces, como si en ese gesto pudiera controlar la incertidumbre. Al amanecer, mi madre ya estaba despierta.

— “Hoy vas al hospital, ¿verdad?” —me preguntó.

— “Sí… al Seguro Social,” le respondí.

— “Recuerda siempre quién eres y por qué estás ahí,” me dijo antes de salir.

Con esas palabras en la mente, llegué al hospital. Desde el primer momento, el Hospital Presidente Estrella Ureña imponía respeto. Su movimiento constante, el ir y venir de pacientes, camillas, médicos y enfermeras, dejaba claro que allí la vida y la urgencia convivían a cada segundo. Nos reunimos como grupo a la entrada. Éramos estudiantes, aún sin experiencia, intentando aparentar seguridad.

Nuestro maestro caminaba delante de nosotros con paso firme.

— “Aquí no venimos a jugar a ser médicos,” nos advirtió.

— “Venimos a observar, a aprender y, sobre todo, a respetar este espacio.”

Recorrimos pasillos largos, fríos, con un olor persistente a desinfectante. Cada puerta parecía esconder una historia distinta. Cada rostro reflejaba una realidad que aún no comprendíamos del todo. Hasta que llegamos a un lugar que jamás olvidaré.

La sala quirúrgica.

Antes de entrar, el maestro se detuvo y nos miró uno por uno.

— “Lo que van a ver aquí es real. Esto no es un libro ni una lámina. Si alguien no se siente preparado, puede quedarse afuera.”

Nadie se movió.

Al colocarnos la indumentaria y cruzar esa puerta, sentí que el tiempo se detenía. El ambiente era distinto: luces intensas, instrumentos metálicos perfectamente ordenados, un silencio interrumpido solo por indicaciones precisas.

Vi, por primera vez, una cirugía en curso.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. No era impresión, era impacto. Todo lo que había estudiado en Anatomía —órganos, tejidos, estructuras— estaba ahí, frente a mis ojos, vivo, real.

— “Eso que están viendo,” dijo el maestro en voz baja,*

— “no es solo anatomía. Es responsabilidad.”*

Observé cada movimiento del cirujano, cada gesto calculado, cada decisión tomada con seguridad. Nadie hablaba de más. No había espacio para errores.

Un compañero, casi en un susurro, me dijo:

— “Nunca pensé que sería así.”

Yo no respondí. No porque no quisiera, sino porque no encontraba palabras.

En ese momento comprendí que la medicina no solo se estudia; se vive, se respeta y se asume con seriedad. Al salir de la sala quirúrgica, caminamos en silencio por unos minutos. Nuestro maestro se detuvo nuevamente y nos dijo:

— “Si después de ver esto aún quieren ser médicos, entonces están en el camino correcto.”

Ese día no hice procedimientos, no diagnostiqué a nadie, no tomé decisiones clínicas. Pero algo dentro de mí cambió para siempre. Más tarde, en otras áreas del hospital, continuamos observando pacientes, escuchando explicaciones breves, entendiendo que en ese entorno nadie tiene tiempo de sobra. Uno de los residentes nos dijo:

— “Aquí aprenderán cosas que ningún aula puede enseñarles.”

Tenía razón.

Al regresar a casa esa tarde, mi madre me miró con atención.

— “Te noto distinto,” dijo.

— “¿Cómo te fue?”

— “Entré a una sala quirúrgica por primera vez,” le respondí.

Ella guardó silencio unos segundos y luego sonrió con orgullo.

— “Entonces hoy creciste,” dijo.

Y así fue.

El Hospital Presidente Estrella Ureña no solo fue el primer hospital que pisé como estudiante de medicina. Fue el lugar donde, por primera vez, entendí que había entrado a un mundo serio, exigente y profundamente humano. Ese fue mi verdadero primer contacto con la medicina real. Un contacto que me confirmó que el camino que había elegido no sería fácil, pero sí significativo. Y sin saberlo aún, ya comenzaba a pagar, paso a paso, el precio de la bata blanca.

Capítulo 4
Las noches de estudio y el desgaste emocional

Si el hospital me mostró la realidad externa de la medicina, las noches de estudio me enfrentaron a una batalla mucho más silenciosa: la que se libra en soledad, frente a libros abiertos y páginas que parecen no terminar nunca. Durante el día asistía a clases, prácticas y recorridos hospitalarios. Pero era de noche cuando realmente comenzaba el trabajo más pesado. El cansancio se acumulaba y, aun así, sabía que no podía detenerme. Recuerdo con claridad esas noches interminables, sentado en la mesa, rodeado de libros, cuadernos y láminas de anatomía. El cuerpo pedía descanso, pero la mente no podía darse ese lujo. Y en medio de ese agotamiento, siempre estaba mi madre. Sin decir mucho, aparecía a mi lado con una merienda preparada con cariño. A veces era un café caliente, otras veces algo sencillo para comer, pero siempre era un gesto que decía más que mil palabras.

— “Come algo, hijo. No puedes estudiar con el estómago vacío,” me decía con tono suave.

Yo levantaba la vista, cansado, y solo atinaba a responder:

— “Gracias, mami.”

Ella se sentaba cerca, en silencio, respetando mi concentración, pero vigilando que no me rindiera. Su presencia era un recordatorio constante de que no estaba solo en ese camino. Una de las materias que más me golpeó en ese inicio fue Anatomía. Aprenderme los músculos y los huesos del cuerpo humano me parecía, en ese momento, algo terrible y extremadamente difícil. Cada nombre era largo, complejo, en latín; cada estructura parecía confundirse con la otra.

Me repetía una y otra vez:

— “¿Cómo voy a memorizar todo esto?”

Abría el libro y veía páginas llenas de esquemas, flechas, términos que parecía imposible dominar. Deltoides, trapecio, esternocleidomastoideo… nombres que no solo debía aprender, sino comprender y recordar con precisión. Recuerdo una noche en particular. Llevaba horas intentando memorizar los músculos del miembro superior. Cerré el libro con frustración y apoyé la cabeza sobre la mesa.

— “Esto no es para mí,” pensé por un instante.

Mi madre, que me observaba desde la cocina, se acercó despacio.

— “¿Está muy difícil?” —me preguntó.

— “Muchísimo,” le respondí con honestidad.*

— “No entiendo cómo voy a aprenderme todo esto.”*

Ella me miró con calma y me dijo algo simple, pero poderoso:

— “Un paso a la vez. Nadie aprende todo en un día.”

Volví a abrir el libro.

Las noches se repetían con una rutina casi inquebrantable: estudiar, memorizar, olvidar, volver a estudiar. Había días en los que sentía que avanzaba, y otros en los que parecía retroceder. El desgaste emocional empezó a hacerse presente. Había momentos de duda, de frustración, de cansancio extremo. Momentos en los que me preguntaba si realmente estaba hecho para esto, si valía la pena tanto sacrificio. Pero cada vez que esas dudas aparecían, recordaba por qué había empezado. Recordaba el hospital, la sala quirúrgica, los pacientes, y el orgullo en la mirada de mi madre. Ella seguía ahí, noche tras noche, preparándome una merienda mientras yo estudiaba, recordándome que debía descansar un poco, insistiendo en que no me exigiera más de lo humano.

— “La medicina es una carrera larga,” me decía,*

— “no te quemes al inicio.”*

Poco a poco, algo empezó a cambiar.

Los músculos comenzaron a tener sentido. Los huesos dejaron de ser solo nombres y se convirtieron en estructuras con lógica. Lo que al principio parecía imposible, empezó a volverse familiar. Entendí que la medicina no se aprende de golpe. Se construye, noche tras noche, con paciencia, disciplina y sacrificio. Esas noches de estudio me enseñaron que el desgaste emocional es parte del proceso, pero también que el apoyo y la constancia pueden marcar la diferencia. No fueron noches fáciles. Fueron noches de cansancio, frustración y dudas. Pero también fueron noches de crecimiento, de carácter y de formación. Y aunque en ese momento no lo sabía, esas largas jornadas frente a los libros me estaban preparando para desafíos aún mayores: las guardias, el internado y las decisiones difíciles que vendrían después. Porque antes de enfrentar el hospital de madrugada, tuve que aprender a resistir en silencio, bajo la luz de una lámpara, pagando poco a poco el precio de la bata blanca.

Capítulo 5
El primer examen que puso todo en duda

Todo parecía avanzar con dificultad, pero con cierta estabilidad, hasta que llegó el primer examen que realmente puso a prueba mi decisión de ser médico. No era cualquier evaluación. Era el examen de Anatomía I, una de esas materias que marcan el inicio real de la carrera y que dejan claro, desde temprano, que la medicina no admite improvisaciones. Ese examen representaba la suma de todas aquellas tardes y noches de estudio. De cada hora invertida aprendiendo el cuerpo humano, de cada intento por memorizar estructuras que, al inicio, parecían imposibles de dominar. No se trataba solo de reconocer formas, sino de demostrar comprensión profunda. Tenía que saber los nombres de los huesos, su número, su ubicación exacta. Debía conocer los músculos, uno por uno, entender sus funciones, su irrigación y su inervación. Cada detalle importaba. Un error mínimo podía cambiar completamente una respuesta. Los días previos fueron intensos. El cansancio acumulado se hizo evidente. Había estudiado tanto que, por momentos, sentía que la información se mezclaba en mi cabeza. Cerraba los ojos y veía esquemas anatómicos, nombres en latín, flechas señalando estructuras que debía recordar con precisión. La noche antes del examen casi no dormí. Repasé hasta que las palabras comenzaron a perder sentido. No porque no hubiera estudiado, sino porque el agotamiento había alcanzado su límite. Cerré los libros con la sensación de que, aun dando todo, nunca era suficiente. Ese día entendí que el estudio de la anatomía no es solo memorizar, sino resistir. Al sentarme frente al examen, sentí el peso de todas esas noches de sacrificio. Cada pregunta era un reflejo directo de mis horas frente a los libros. Al leerlas, me di cuenta de que ese examen no solo evaluaba conocimientos, sino también disciplina, constancia y fortaleza emocional.

A medida que avanzaba, la duda empezó a aparecer. No porque no supiera nada, sino porque sabía cuánto faltaba por dominar. En anatomía, el conocimiento no se mide en aproximaciones, sino en exactitud. Cuando entregué el examen, salí del aula con una sensación de vacío. No había alivio, solo incertidumbre. Sentía que había dado todo, pero no sabía si sería suficiente. Los días de espera fueron largos. Cada pensamiento regresaba a una pregunta mal formulada, a un músculo confundido, a una inervación que tal vez no había escrito con la claridad necesaria. Fue la primera vez que el miedo a fallar se sintió tan real. Cuando finalmente recibí la calificación, el impacto fue profundo. No fue el resultado que esperaba. No era un fracaso absoluto, pero tampoco reflejaba todo el esfuerzo invertido. Fue en ese momento cuando, por primera vez, dudé seriamente de mí mismo. Ese examen de Anatomía I no solo evaluó mis conocimientos; evaluó mi seguridad, mi vocación y mi resistencia emocional. Me pregunté si realmente estaba preparado para una carrera que exigía tanto. Si el sacrificio valía la pena. Si tenía lo necesario para continuar. Esa noche regresé a casa en silencio, cargando más preguntas que respuestas. El cansancio emocional pesaba más que el físico. Pero, con el paso de los días, la frustración dio paso a la reflexión. Entendí que la medicina no se construye sobre resultados perfectos, sino sobre constancia. Que ningún médico se forma sin dudas, sin tropiezos y sin momentos en los que la confianza se tambalea. Ese primer examen no me derrotó, pero sí me confrontó. Me obligó a replantear mis métodos de estudio, a organizarme mejor, a aceptar que el aprendizaje real es progresivo y exigente. Me enseñó humildad y disciplina. El examen de Anatomía I puso todo en duda, pero también sembró una determinación más fuerte: la de seguir adelante, mejorar y resistir. Porque en ese momento comprendí que el camino de la medicina no se mide solo por calificaciones, sino por la capacidad de levantarse cuando el peso de la bata blanca parece demasiado grande.

Capítulo 6
El primer paciente que me marcó

Hay momentos en la carrera de medicina que dividen la vida en un antes y un después. El primer paciente real es uno de ellos. No importa cuántos libros hayas leído ni cuántas clases hayas aprobado; nada te prepara completamente para el instante en que entiendes que, frente a ti, hay una vida que depende —aunque sea en parte— de tu atención, de tu criterio y de tu humanidad. Recuerdo claramente ese día. No era una guardia, no era una emergencia espectacular como las que uno imagina al inicio de la carrera. Era un encuentro sencillo, casi silencioso, pero profundamente impactante. Fue la primera vez que dejé de ver la medicina como teoría y empecé a sentirla como responsabilidad. El paciente estaba allí, esperando. No sabía mi nombre, no sabía que yo era estudiante, ni imaginaba cuántas dudas llevaba por dentro. Para él, yo era parte del equipo médico. Y esa percepción, tan simple como poderosa, me sacudió por completo. Mientras lo escuchaba, me di cuenta de algo fundamental: el paciente no busca solo diagnósticos ni términos médicos. Busca ser escuchado. Busca comprensión. Busca sentir que su dolor importa. Mis manos temblaban ligeramente. No por miedo, sino por conciencia. Cada pregunta que hacía, cada gesto, cada palabra, parecía tener un peso distinto al que tenía en el aula. Allí no había margen para la indiferencia. Ese primer paciente me enseñó que la medicina no se ejerce únicamente con conocimiento, sino con presencia. Que no basta con saber qué preguntar, sino cómo hacerlo. Que una mirada puede tranquilizar más que una explicación extensa. Al salir de esa experiencia, caminé en silencio. No sentí orgullo ni euforia. Sentí respeto. Respeto por la profesión que había elegido y por las personas que, sin saberlo, se convertirían en mis mayores maestros. Ese día entendí que el cansancio, las noches sin dormir, los exámenes difíciles y las dudas internas tenían sentido cuando se colocaban frente a la realidad del paciente. Que la vocación empieza a tomar forma cuando el sufrimiento ajeno deja de ser una historia clínica y se convierte en una experiencia humana.

No fue el paciente más grave ni el caso más complejo, pero fue el primero que me mostró el verdadero rostro de la medicina: uno que no siempre tiene respuestas claras, pero que siempre exige compromiso. Desde ese momento, algo cambió dentro de mí. Ya no estudiaba solo para aprobar. Estudiaba porque sabía que, en algún punto, alguien necesitaría que yo supiera. Ese primer paciente no lo sabe, pero dejó una huella permanente. Fue el inicio de una comprensión más profunda de lo que significa llevar la bata blanca: no como símbolo de poder, sino como recordatorio constante de responsabilidad, empatía y servicio. Y así, poco a poco, la medicina dejó de ser una meta lejana y empezó a convertirse en una forma de vida.

Capítulo 7
Cuando el cansancio empieza a normalizarse

Al inicio, el cansancio se siente extraño, ajeno, como una señal de alerta. El cuerpo protesta, la mente se nubla y uno piensa que no es normal vivir así. Pero con el paso del tiempo, algo cambia: el agotamiento deja de ser una excepción y se convierte en rutina. Aprendí a funcionar cansado. No fue una decisión consciente, fue una adaptación forzada. Las noches mal dormidas se acumularon, las horas de descanso se hicieron cada vez más cortas y el cuerpo empezó a obedecer por inercia. Había días en los que despertaba sin recordar realmente si había dormido o simplemente había cerrado los ojos por unos minutos. El cansancio ya no se anunciaba; simplemente estaba ahí. Asistir a clases después de una noche larga se volvió parte del paisaje. El café dejó de ser un gusto y se transformó en necesidad. Las conversaciones con compañeros giraban, cada vez más, alrededor de quién había dormido menos y quién llevaba más horas despierto, como si el desgaste se hubiese convertido en una especie de mérito silencioso. La mente comenzaba a jugar en contra. La concentración se volvía frágil. Leer el mismo párrafo varias veces era común. Memorizar requería el doble de esfuerzo. Y aun así, las exigencias no disminuían.

En ese proceso entendí que el sistema no siempre considera el límite humano. Se espera rendimiento constante, precisión, compromiso absoluto, incluso cuando el cuerpo ya ha dado señales claras de agotamiento. No había espacio para quejas. El cansancio no era excusa. Y sin darme cuenta, lo empecé a normalizar. Había días en los que el cuerpo funcionaba en automático. Sonreía por costumbre, respondía preguntas casi por reflejo y seguía avanzando porque detenerse no era una opción. No porque no quisiera descansar, sino porque el ritmo impuesto no lo permitía. El impacto emocional empezó a sentirse con más fuerza que el físico. El entusiasmo inicial se desgastaba. La motivación ya no venía del deseo, sino de la disciplina. Continuaba no porque fuera fácil, sino porque había empezado y no podía dar marcha atrás. Sin embargo, en medio de ese cansancio constante, algo se fortalecía. La resistencia. La capacidad de seguir aun cuando la energía parece agotada. Aprendí que la medicina no solo exige inteligencia, exige aguante.

No romantizo el desgaste. No debería ser así. Pero esa fue la realidad que viví y que muchos viven. Una realidad donde el cansancio se disfraza de normalidad y donde aprender a resistir se convierte en parte de la formación. Hubo momentos en los que me pregunté si ese ritmo era sostenible. Si el cuerpo podría seguir respondiendo. Si la vocación realmente justificaba tanto sacrificio. Pero cada duda encontraba una respuesta silenciosa: aún no era el momento de rendirse. Ese capítulo de cansancio continuo me enseñó algo esencial: la medicina no solo se aprende en libros ni en hospitales, también se aprende enfrentando los propios límites. Y aunque el agotamiento se volvió cotidiano, también se convirtió en un recordatorio constante del compromiso que había asumido. De que vestir la bata blanca no es solo una meta académica, sino una entrega diaria, muchas veces invisible, muchas veces silenciosa. Cuando el cansancio empieza a normalizarse, uno entiende que la verdadera prueba no es cuánto sabe, sino cuánto puede resistir sin perder la humanidad en el camino.

Capítulo 8 
Guardias que duran más de 24 horas

Nadie te prepara realmente para una guardia de más de veinticuatro horas. Te lo explican, te lo advierten, incluso lo normalizan, pero vivirlo es otra cosa. El cuerpo puede entender el concepto, pero solo la experiencia te muestra el verdadero alcance del desgaste. Las guardias largas no empiezan con cansancio, empiezan con expectativa. Uno llega temprano, con la mente todavía clara, con cierta energía acumulada. Las primeras horas transcurren rápido: ingresos, evoluciones, llamados, indicaciones. Todo parece manejable. Pero el tiempo no se detiene. A medida que las horas avanzan, el cuerpo empieza a cobrar factura. El reloj se convierte en enemigo silencioso. La madrugada llega sin aviso y con ella un tipo de cansancio distinto, más pesado, más profundo. Ya no es solo falta de sueño, es agotamiento acumulado. Durante la noche, el hospital cambia. Los pasillos se sienten más largos, los sonidos más intensos, el silencio más denso. Cada timbre, cada llamada, cada paso apresurado tiene un peso diferente. El cuerpo pide descanso, pero la realidad no lo permite. Aprendí a dormir sentado, a cerrar los ojos por minutos, a comer a deshoras. A veces el desayuno llegaba cuando ya el cuerpo estaba entrando nuevamente en actividad. El tiempo perdía sentido. No sabía si era de día o de noche; solo sabía que debía seguir.

Lo más difícil no era el cansancio físico, sino mantener la lucidez. Tomar decisiones con la mente nublada es una de las mayores exigencias de la guardia. El miedo a equivocarse se vuelve constante. Cada indicación se revisa dos veces, no por inseguridad, sino por responsabilidad. Las guardias largas te muestran tus límites. Hay momentos en los que el cuerpo tiembla, la espalda duele, los pies arden y la mente solo quiere desconectarse. Pero no puedes. Porque hay pacientes esperando, historias clínicas incompletas, emergencias que no eligen horarios. En medio de todo, el compañerismo se vuelve vital. Una palabra de aliento, un relevo breve, un café compartido a la carrera. Pequeños gestos que sostienen cuando todo parece demasiado. Al terminar una guardia de más de 24 horas, uno no se siente victorioso. Se siente vacío. El cuerpo sigue en automático, la mente tarda en apagarse. Llegar a casa y dormir no siempre es inmediato; el cansancio es tan profundo que incluso descansar cuesta. Con el tiempo, esas guardias dejan marcas. Enseñan resistencia, pero también muestran lo frágil que puede ser el equilibrio entre vocación y desgaste. Te obligan a reflexionar sobre hasta dónde se puede exigir sin romper. No escribo esto para glorificar el sacrificio. Lo escribo porque es parte de la verdad. Porque las guardias largas forman médicos, sí, pero también cobran un precio. Y ese precio no siempre se ve. Cada guardia de más de veinticuatro horas me recordó que la bata blanca pesa. No solo por lo que representa, sino por todo lo que exige. Que detrás del médico hay un ser humano cansado, luchando por mantenerse en pie mientras cuida de otros. Ese fue uno de los aprendizajes más duros: entender que servir no significa dejar de ser humano, aunque muchas veces el sistema lo olvide.

Capítulo 9
El hospital también enseña a callar

El hospital no solo forma médicos; forma conductas. Desde los primeros pasos dentro de sus pasillos, uno aprende que hay reglas que no están escritas, pero que se respetan con rigor. Reglas que no se enseñan en las aulas, pero que se transmiten con miradas, silencios y gestos breves.

Aprendí pronto que el hospital también enseña a callar.

Al inicio llegué con la mente abierta, cargado de preguntas y con una necesidad casi urgente de comprender cada proceso, cada decisión, cada acción. Quería aprenderlo todo, cuestionarlo todo, entenderlo todo. Pero la dinámica hospitalaria se mueve a otro ritmo, uno que no siempre permite explicaciones largas ni debates profundos. El tiempo es limitado, la carga es alta y la presión constante. Preguntar demasiado puede parecer inseguridad. Insistir puede interpretarse como torpeza. Y cuestionar, incluso desde la curiosidad, puede ser visto como un acto de desafío. Así, poco a poco, uno aprende que el silencio también es una herramienta. No siempre se calla por miedo. Muchas veces se calla por adaptación. El hospital tiene jerarquías bien definidas, algunas visibles, otras implícitas. Cada quien conoce su lugar, y aprender a moverse dentro de ese orden se vuelve esencial para sobrevivir emocionalmente. No porque esté bien, sino porque así funciona. Aprendí a observar más que a hablar. A escuchar conversaciones incompletas, indicaciones dadas al paso, decisiones tomadas en segundos. A entender que una mirada firme podía significar urgencia, y un silencio prolongado, desaprobación. El hospital habla sin palabras. Pero también existen silencios que pesan. Silencios frente al dolor del paciente cuando los recursos no alcanzan. Silencios ante diagnósticos tardíos, camas insuficientes, medicamentos que no llegan. Silencios cuando el sistema falla y no hay tiempo para detenerse a reflexionar.

Hay momentos en los que uno quisiera decir más. Expresar frustración, cansancio, inconformidad. Decir que el cuerpo no da más, que la mente está saturada, que el desgaste es real. Pero el entorno no siempre permite esa vulnerabilidad. Y entonces el silencio se convierte en un escudo. Callar se vuelve una forma de protegerse. De seguir funcionando. De no mostrar debilidad en un espacio donde se espera fortaleza constante. Donde mostrar emociones puede interpretarse como falta de carácter. Sin darme cuenta, empecé a acumular emociones. Frustraciones no expresadas. Dudas guardadas. Palabras que nunca salieron. El hospital enseña a controlar lo que se siente, a mantener el rostro serio incluso cuando por dentro todo se desordena. Ese silencio, sostenido por tanto tiempo, deja huellas. No siempre visibles, pero profundas. Se manifiestan en el cansancio emocional, en la sensación de estar siempre en alerta, en la dificultad para desconectarse incluso fuera del hospital. Aprendí que no todo desgaste es físico; hay un agotamiento silencioso que se acumula lentamente. Sin embargo, también comprendí que aprender a callar no significa resignarse. Significa, muchas veces, aprender a elegir el momento adecuado para hablar. A distinguir entre el silencio que protege y el silencio que daña.

Con el tiempo, entendí que la madurez profesional también implica saber cuándo alzar la voz. No desde la impulsividad, sino desde la convicción. No para confrontar, sino para mejorar. Porque la medicina no puede construirse solo desde el silencio. El hospital me enseñó a callar, sí. Pero también me enseñó a escuchar. A escuchar al paciente más allá de sus síntomas. A escuchar a mis propios límites. A escuchar esa voz interna que, aunque callada, nunca dejó de recordarme por qué había elegido este camino. Este aprendizaje no fue inmediato ni sencillo. Fue lento, silencioso y muchas veces incómodo. Pero fue real. Entre pasillos largos, guardias interminables y silencios compartidos, comprendí que la formación médica no solo se trata de aprender a hablar con autoridad, sino también de entender el peso de cada palabra y el valor de cada silencio. Porque en el hospital, incluso cuando nadie lo dice, el silencio también enseña.

Capítulo 10
Cuando el sistema no alcanza

Hay un punto en la formación médica en el que uno deja de enfrentarse solo a sus propias limitaciones y empieza a chocar con algo más grande: el sistema. Ese momento no llega de golpe, llega poco a poco, hasta que un día se vuelve imposible ignorarlo. El sistema no siempre alcanza.

No alcanza para todos los pacientes.

No alcanza para todos los médicos en formación.

No alcanza para sostener la vocación sin desgaste.

Lo entendí la primera vez que vi a un paciente esperar más de lo que debería. No porque el personal no quisiera atenderlo, sino porque simplemente no había cómo. Faltaban insumos, faltaban camas, faltaba tiempo. Y aun así, la demanda no se detenía. Como estudiante, y luego como interno, uno entra al hospital con la idea de ayudar, de servir, de hacer lo correcto. Pero pronto se da cuenta de que la medicina no se ejerce en condiciones ideales. Se ejerce en medio de carencias constantes. Aprendí que hay decisiones que no se toman por lo que es mejor, sino por lo que es posible. Esa realidad golpea fuerte. Porque nadie te prepara emocionalmente para decirle a un paciente que debe esperar, cuando sabes que su dolor es real. Nadie te enseña cómo manejar la impotencia de querer hacer más y no poder. El sistema exige rapidez, pero no siempre ofrece las herramientas. Exige resultados, pero no siempre brinda apoyo. Y en medio de todo, el médico en formación aprende a cargar con frustraciones que no le pertenecen, pero que igual pesan. Hubo días en los que sentí que estábamos remando contra la corriente. Atendiendo con lo poco que había, improvisando soluciones, resolviendo con creatividad lo que debería resolverse con estructura. Y aun así, el compromiso no disminuía. Porque el paciente no es culpable del sistema. Esa es una de las lecciones más duras: entender que, aunque el sistema falle, la responsabilidad ética permanece. Que el trato humano no depende de recursos, sino de voluntad. Que una explicación clara, una escucha atenta, una palabra honesta, pueden aliviar incluso cuando el tratamiento se retrasa. Pero no voy a negar el desgaste emocional que eso genera.

Ver necesidades insatisfechas, escuchar quejas justificadas, sentir que el esfuerzo no siempre es suficiente… todo eso va erosionando poco a poco. No porque falte vocación, sino porque sobra carga. Aprendí que la medicina también se ejerce desde la impotencia. Desde aceptar que no todo se puede resolver. Que no todas las batallas se ganan. Y que aun así, hay que seguir. Ese choque con el sistema me obligó a madurar. A entender que ser médico no es solo saber curar, sino aprender a resistir sin perder la empatía. A no permitir que la frustración se transforme en indiferencia. Porque ese es el verdadero riesgo. Cuando el sistema no alcanza, el médico puede endurecerse. Puede cerrar emociones como mecanismo de defensa. Puede dejar de sentir. Y eso, más que cualquier carencia material, es lo que no podemos permitirnos perder.

Este capítulo no es una queja, es una realidad. Una realidad que muchos viven y pocos cuentan. Porque aceptar que el sistema falla no es rendirse, es reconocer el terreno donde se ejerce la medicina. Y aun en ese terreno imperfecto, lleno de grietas, aprendí que la vocación encuentra formas de sostenerse. A veces cansada, a veces herida, pero viva.

Cuando el sistema no alcanza, queda el compromiso.

Queda la ética.

Queda la humanidad.

Y muchas veces, eso es lo único que realmente marca la diferencia.

Capítulo 11
El internado ya no es una idea

Durante mucho tiempo, el internado fue solo una palabra. Un concepto lejano, casi abstracto, del que todos hablaban con una mezcla de respeto y advertencia. “Cuando llegues al internado, verás…”, decían. Y uno escuchaba, asentía, pero sin comprender del todo lo que eso significaba. Hasta que dejó de ser una idea. El día que entendí que el internado había comenzado, no hubo ceremonia ni aviso especial. No hubo aplausos ni discursos motivacionales. Solo una bata puesta con más peso del habitual y una sensación clara: ya no era solo estudiante. El internado no se anuncia, se impone. Las responsabilidades cambiaron de inmediato. Las decisiones ya no eran solo teóricas. Las órdenes ya no se escribían como ejercicio académico. Cada indicación tenía consecuencias reales. Cada error potencial pesaba distinto. De pronto, el hospital ya no era un lugar al que iba a aprender, sino un lugar del que ya formaba parte. Las guardias se volvieron más largas, las exigencias más altas y las expectativas más firmes. Ya no había margen para la improvisación. Aprendí rápido que el internado no perdona la distracción. Los días empezaban temprano y terminaban tarde, a veces sin una línea clara que los separara. El cansancio acumulado se mezclaba con una presión constante: estar presente, responder, resolver. No siempre con la certeza de estar haciendo lo correcto, pero con la obligación de hacerlo.

La figura del interno es particular. No es completamente médico, pero tampoco es solo estudiante. Está en un punto intermedio donde se exige mucho y se protege poco. Se espera compromiso total, disponibilidad absoluta y resistencia inagotable. Y aun así, el internado enseña. En ese periodo entendí que la medicina no se aprende solo observando, sino haciendo. Que el error, aunque doloroso, también forma. Que la confianza no llega de golpe, sino a base de repetición, corrección y humildad. El internado también confronta. Confronta miedos, inseguridades y límites personales. Te obliga a mirarte de frente y preguntarte si realmente estás preparado para lo que viene. Y muchas veces, la respuesta no es clara. Hubo días en los que sentí que no daba más. Que la carga era excesiva. Que el cuerpo pedía descanso y la mente pedía silencio. Pero el internado no se detiene. El flujo de pacientes continúa, las emergencias no esperan y la rutina no se adapta a estados emocionales. Sin embargo, en medio de todo, la vocación empieza a tomar una forma más real. Ya no es solo un ideal, es una práctica diaria. Es estar ahí incluso cuando cuesta. Es seguir, aun sin estar bien del todo. El internado dejó de ser una idea porque dejó de ser ajeno. Se volvió cotidiano, exigente, real. Y con ello, comprendí que había cruzado una línea invisible.

Una línea que separa al estudiante del médico en formación.

Una línea que no permite retrocesos fáciles.

Una línea que marca el inicio de una etapa donde la medicina ya no se sueña, se vive.

Y así, sin darme cuenta, comencé a convertirme en aquello para lo que tanto me había preparado, aun sin estar completamente listo. Porque el internado no espera a que uno se sienta preparado; simplemente empieza.

Capítulo 12
La primera guardia como interno

La primera guardia como interno no se olvida. No importa cuántas historias hayas escuchado ni cuántas advertencias te hayan hecho; vivirla es otra cosa. En mi caso, esa primera guardia tuvo nombre y lugar: Hospital José María Cabral y Báez, en rotación por Medicina Interna. Recuerdo claramente el momento en que crucé las puertas del hospital sabiendo que esa vez no era solo para observar. Era interno. Y esa palabra, aunque breve, llevaba una carga enorme. La bata se sentía distinta. No era nueva, pero pesaba más. No por el tela, sino por lo que representaba. Medicina Interna no da tregua. Es una rotación exigente, compleja, donde convergen múltiples patologías, pacientes crónicos, diagnósticos difíciles y decisiones que requieren criterio y atención constante. Desde las primeras horas entendí que la guardia no tendría pausas largas. Ingresos continuos, evoluciones pendientes, pacientes que necesitaban seguimiento cercano. El ritmo era intenso y sostenido. No había tiempo para acomodarse del todo; el internado exige adaptación inmediata. La noche llegó sin avisar. Con ella, el cansancio empezó a sentirse de una forma más profunda. Ya no era el cansancio del estudiante, era el agotamiento del interno que debía mantenerse alerta, atento a cualquier cambio en un paciente. Cada llamado nocturno activaba una mezcla de ansiedad y responsabilidad. No sabía qué iba a encontrar, pero sabía que tenía que responder. Medicina Interna enseña a pensar, pero también a resistir. Los pacientes no siempre están estables, los cuadros son complejos y la evolución puede cambiar en cuestión de horas. Esa noche aprendí a escuchar con más atención, a observar detalles que antes pasaban desapercibidos, a confiar poco a poco en lo que había aprendido.

Hubo momentos de duda. Momentos en los que la mente se sentía lenta y el cuerpo pedía descanso. Pero no había opción de detenerse. El hospital seguía vivo, incluso cuando el resto de la ciudad dormía. Aprendí a moverme por los pasillos casi en silencio, a reconocer los sonidos nocturnos del hospital, a leer los rostros cansados del personal que llevaba años repitiendo esa rutina. En medio de todo, comprendí que no estaba solo, aunque muchas veces así se sintiera. La madrugada fue larga. El reloj parecía avanzar más lento de lo normal. Cada hora acumulaba cansancio, pero también experiencia. Cada paciente visto, cada indicación revisada, cada evolución escrita, iba construyendo algo nuevo en mí. Cuando amaneció, sentí una mezcla extraña de alivio y agotamiento. No había orgullo exagerado ni sensación de victoria. Había cansancio real y una certeza clara: había sobrevivido a mi primera guardia como interno. Salir del hospital esa mañana fue distinto a cualquier otra salida anterior. El cuerpo estaba exhausto, pero la mente estaba despierta. Sabía que ese era solo el inicio. Que vendrían muchas más guardias, muchas más noches largas, muchos más retos. Pero esa primera guardia, en el Hospital José María Cabral y Báez, rotando por Medicina Interna, marcó un antes y un después. Fue el momento en que entendí que el internado no se vive a medias. Se vive completo, con todo lo que implica: cansancio, responsabilidad, miedo y aprendizaje. Esa noche confirmé algo fundamental: la medicina ya no era solo una vocación que se sentía, era una responsabilidad que se ejercía. Y apenas estaba comenzando.

Capítulo 13
Medicina Interna no perdona distracciones

Medicina Interna no grita, no corre, no siempre parece urgente. Pero es precisamente ahí donde radica su peligro. No perdona distracciones. No permite superficialidades. Exige atención constante, criterio clínico y presencia plena, incluso cuando el cuerpo y la mente están agotados. Desde los primeros días de la rotación lo entendí con claridad. Los pacientes de Medicina Interna no llegan con diagnósticos simples ni con evoluciones predecibles. Llegan con múltiples enfermedades, con historias largas, con cuerpos que ya han luchado demasiado. Aquí, un detalle pasado por alto puede cambiarlo todo. Aprendí que no basta con mirar resultados de laboratorio. Hay que interpretarlos. No basta con escuchar al paciente; hay que entender lo que dice y también lo que no dice. Un cambio sutil en el estado general, una variación mínima en los signos vitales, una queja aparentemente menor, pueden ser la primera señal de algo grave. El cansancio es el mayor enemigo. Después de horas continuas de trabajo, la mente tiende a relajarse, a confiarse. Y en Medicina Interna, confiarse es peligroso. La atención debe mantenerse incluso en la madrugada, incluso cuando los ojos pesan y el cuerpo pide descanso. Viví momentos en los que una distracción mínima pudo haber tenido consecuencias mayores. No porque faltara conocimiento, sino porque el agotamiento nubla el juicio. Es en esos momentos cuando uno entiende la verdadera responsabilidad que carga.

Medicina Interna te obliga a pensar de forma integral. El paciente no es un órgano, es un sistema completo. Cada patología se conecta con otra. Cada tratamiento tiene implicaciones. Cada decisión requiere análisis. No hay espacio para el piloto automático. También aprendí el valor del trabajo en equipo. Saber cuándo pedir ayuda, cuándo consultar, cuándo detenerse a revisar nuevamente un caso. La falsa autosuficiencia no tiene cabida aquí. La humildad clínica salva vidas. Hubo días en los que sentí una presión constante. La sensación de estar siempre evaluando, siempre atento, siempre un paso adelante. No es una rotación cómoda, pero es profundamente formativa. Medicina Interna enseña disciplina mental. Enseña a respetar los procesos, a no subestimar al paciente estable, a no ignorar lo aparentemente simple. Enseña que el tiempo es clave y que cada minuto cuenta. Al final de cada jornada, el cansancio era profundo, pero el aprendizaje lo era aún más. Cada caso dejaba una lección. Cada error evitado, una advertencia silenciosa. Entendí que Medicina Interna no perdona distracciones porque trabaja en el límite. En el límite entre la estabilidad y el deterioro, entre la compensación y el colapso. Y en ese límite, el médico debe estar presente, lúcido y comprometido. Esta rotación me enseñó a respetar la complejidad del cuerpo humano y la fragilidad de la vida. Me obligó a crecer rápido, a ser más cuidadoso, más consciente, más humano. Porque en Medicina Interna, cada detalle importa. Y cada distracción cuesta.

Capítulo 14
Aprender a pensar bajo presión

Pensar bajo presión no es una habilidad que se aprende en los libros. No se enseña en clases magistrales ni se domina con esquemas bien memorizados. Se aprende en el hospital, cuando el tiempo es limitado, el cansancio es real y las decisiones no pueden esperar. Durante el internado entendí que la presión no avisa. Llega de repente, se instala y exige respuestas inmediatas. Un paciente que se descompensa, un llamado urgente, un resultado crítico que cambia el rumbo de una evolución. En esos momentos, la mente debe reaccionar rápido, pero con criterio. Al inicio, la presión paraliza. La mente se llena de ruido. Las dudas aparecen. El miedo a equivocarse pesa más que el deseo de actuar. Y sin embargo, hay que pensar. No hay opción de detenerse a ordenar todo con calma. El hospital no se detiene.

Aprendí que pensar bajo presión no significa actuar sin pensar, sino pensar diferente. Pensar con claridad en medio del caos. Priorizar. Identificar lo urgente de lo importante. Reconocer patrones y tomar decisiones basadas en lo esencial. Medicina Interna fue una escuela dura en ese sentido. Los pacientes no siempre se presentan de forma clara. Muchas veces los cuadros son complejos, con múltiples factores en juego. Y bajo presión, la tentación de simplificar en exceso es grande. Ahí comprendí la importancia del método. Volver a lo básico cuando todo parece confuso. Revisar signos vitales. Evaluar al paciente, no solo al monitor. Escuchar, observar, correlacionar. Bajo presión, el razonamiento clínico se vuelve una tabla de salvación. También aprendí a manejar el miedo. No a eliminarlo, sino a usarlo como señal de alerta. El miedo bien entendido obliga a ser más cuidadoso, a verificar, a consultar. La confianza excesiva es peligrosa; la duda responsable, no. Hubo momentos en los que sentí que la presión era demasiada. Que el margen de error era mínimo y la carga emocional, enorme. Pero con el tiempo, algo empezó a cambiar. La mente comenzó a adaptarse. A ordenar información más rápido. A reconocer qué era prioritario y qué podía esperar. Pensar bajo presión también implica aceptar límites. Saber cuándo pedir ayuda, cuándo escalar un caso, cuándo reconocer que se necesita una segunda opinión. Lejos de ser una debilidad, eso se convirtió en una de las lecciones más importantes del internado. Cada guardia, cada caso difícil, cada decisión tomada en segundos, fue entrenando esa capacidad. No de forma perfecta, pero sí progresiva. Aprendí que el pensamiento clínico no se trata solo de conocimiento acumulado, sino de cómo se usa ese conocimiento cuando el tiempo apremia. De cómo se mantiene la calma cuando todo alrededor exige rapidez. Pensar bajo presión no te vuelve frío; te vuelve consciente. Te obliga a separar emociones del razonamiento sin dejar de ser humano. A actuar con cabeza firme y corazón presente. Ese aprendizaje no termina con el internado. Es una habilidad que se sigue puliendo con cada paciente, con cada guardia, con cada error evitado y cada acierto logrado. Y entendí algo esencial: en la medicina, la presión es inevitable. Pero aprender a pensar en medio de ella es lo que marca la diferencia entre reaccionar y realmente ejercer.

Capítulo 15
La carga emocional del internado

El internado no solo cansa el cuerpo. Cansa la mente, desgasta el ánimo y deja marcas emocionales que no siempre se ven. Es una carga silenciosa, acumulativa, que se va formando día tras día, guardia tras guardia. Al inicio, uno cree que está preparado. Que puede manejarlo todo. Que la vocación basta. Pero con el tiempo, las emociones empiezan a pesar tanto como las horas sin dormir. Cada paciente deja algo. Algunos dejan preocupación, otros frustración, otros tristeza. Hay casos que se resuelven, y eso da alivio. Pero hay otros que no evolucionan como se espera, y esa incertidumbre se queda rondando incluso fuera del hospital. Aprendí que no es fácil separar lo profesional de lo personal. Aunque uno lo intente, las historias se quedan. Los rostros, las voces, las miradas de quienes esperan respuestas que no siempre se tienen. La muerte, cuando aparece, no siempre da tiempo a procesarla. No hay pausas para el duelo. Hay que seguir, atender al siguiente paciente, continuar con la rutina. Y así, el impacto se guarda, se acumula, se silencia. El internado exige fortaleza constante. Se espera que uno responda, que funcione, que no se quiebre. Mostrar emociones puede interpretarse como debilidad. Y entonces, muchos aprendemos a cargar solos. Esa carga emocional se manifiesta de distintas formas. Irritabilidad, cansancio extremo, momentos de desconexión. Días en los que la motivación parece lejana y la vocación se siente pesada. Hubo momentos en los que me sentí emocionalmente agotado. No triste de forma evidente, sino vacío. Como si estuviera funcionando por inercia. Cumpliendo responsabilidades sin sentir del todo. Y aun así, había que seguir. Aprendí que el internado no solo forma médicos, también pone a prueba la salud mental. Pero pocas veces se habla de ello. Pocas veces se ofrece un espacio real para expresar lo que se siente. El silencio vuelve a aparecer como norma.

Sin embargo, también descubrí que reconocer la carga emocional no es rendirse. Es entenderse. Es aceptar que sentir es parte del proceso, no un obstáculo. Algunos días, una conversación breve con un compañero, una llamada a casa, una palabra de aliento, eran suficientes para aliviar un poco el peso. Pequeños momentos que sostenían cuando todo parecía demasiado. La carga emocional del internado me enseñó a valorar la empatía, no solo hacia el paciente, sino hacia uno mismo. A entender que cuidar también implica cuidarse, aunque el sistema no siempre lo facilite. Este capítulo no es una queja. Es un reconocimiento. Reconocer que el internado deja huellas emocionales es el primer paso para no normalizar el desgaste. Porque detrás de cada interno hay una persona intentando dar lo mejor, incluso cuando no se siente bien. Y entender eso, para mí, fue una de las lecciones más importantes de todo el camino.

Capítulo 16
Cuando el internado te cambia

El internado no pasa sin dejar huellas. No termina simplemente con una firma o una fecha en el calendario. Termina, pero se queda. Se instala en la forma de pensar, de sentir y de mirar el mundo. Cuando el internado te cambia, no siempre te das cuenta de inmediato. Al principio, los cambios son sutiles. Reacciones más rápidas. Silencios más largos. Una mirada distinta frente al dolor ajeno. Cosas pequeñas que parecen normales, pero que antes no estaban ahí. Con el tiempo, entendí que ya no era el mismo. No porque hubiera perdido algo, sino porque había ganado experiencia, resistencia y una perspectiva más realista de la vida y de la medicina. El internado te enseña a valorar el tiempo. Cada minuto cuenta. Cada decisión importa. Aprendes a priorizar, a dejar de postergar, a actuar incluso cuando no te sientes completamente listo. También te cambia emocionalmente. Te vuelve más consciente de la fragilidad humana. Te hace ver lo rápido que puede cambiar una vida, lo impredecible que es la salud y lo vulnerable que somos todos, incluso quienes cuidan. Aprendí a escuchar distinto. A no minimizar el dolor ajeno. A entender que detrás de cada paciente hay una historia que no siempre se cuenta completa. Y que muchas veces, lo único que necesitan es ser vistos y escuchados. El internado también endurece un poco. No por falta de empatía, sino como mecanismo de defensa. Aprendes a controlar emociones para poder seguir funcionando. Pero con eso viene el riesgo de alejarte demasiado. Ese equilibrio es difícil. Ser lo suficientemente fuerte para resistir, pero lo suficientemente humano para sentir. El internado te obliga a buscar ese punto medio todos los días. Me cambió la forma de ver el sacrificio. Antes lo veía como algo temporal, algo que terminaría pronto. Después entendí que la medicina es un camino de entrega constante. No siempre justa, no siempre equilibrada, pero profundamente significativa.

Cuando el internado te cambia, también redefine la vocación. Ya no es una idea romántica, es una decisión consciente. Una elección que se renueva cada día, incluso en los momentos difíciles. Hubo cosas que perdí en el camino: horas de descanso, momentos personales, cierta ingenuidad. Pero también gané claridad. Claridad sobre quién soy, hasta dónde puedo llegar y qué tipo de médico quiero ser. El internado no me hizo perfecto. Me hizo realista. Me mostró mis límites, mis errores y mis fortalezas. Me enseñó que aprender no termina y que la humildad es tan importante como el conocimiento. Hoy puedo decir que el internado me cambió. No de una forma espectacular ni visible, sino profunda. De esas transformaciones que solo se entienden después, cuando miras atrás y reconoces que ya no reaccionas igual, que ya no ves igual, que ya no eres igual. Y quizás ese sea uno de los mayores aprendizajes: aceptar que el internado no solo forma médicos, forma personas distintas. Personas que han visto demasiado, sentido demasiado y aun así eligen seguir.

Capítulo 17
Lo que nadie te cuenta del internado

Nadie te cuenta que el internado no empieza el primer día, sino mucho antes, en la mente. Empieza con el miedo, con las expectativas, con todo lo que imaginas que será y con casi nada de lo que realmente es. Tampoco te cuentan que el internado no es solo una etapa académica. Es una prueba de resistencia física, emocional y mental. Una experiencia que te exige más de lo que creías posible y que, aun así, espera que sigas funcionando como si nada. Nadie te dice que estarás cansado casi siempre. Que el cansancio no se va con una noche de sueño. Que aprenderás a vivir con él, a tomar decisiones con los ojos pesados y la mente saturada. Nadie te cuenta que sentirás miedo. Miedo a equivocarte. Miedo a no saber lo suficiente. Miedo a que una decisión mal tomada tenga consecuencias reales. Ese miedo no desaparece; solo aprendes a convivir con él. Tampoco te hablan de la soledad. Aunque estés rodeado de personas, muchas veces te sentirás solo. Solo con tus dudas, con tus errores, con tus pensamientos al final de una guardia larga. Hay emociones que no siempre encuentran espacio para ser compartidas. Nadie te prepara para la carga emocional. Para ver pacientes que no mejoran. Para escuchar historias que te persiguen fuera del hospital. Para aprender a seguir después de una pérdida sin haber tenido tiempo de procesarla.

No te cuentan que el internado te cambiará la forma de ver la vida. Que empezarás a valorar cosas simples. Que entenderás la fragilidad humana de una manera profunda y a veces dolorosa. Que ya no podrás mirar el sufrimiento con indiferencia. Tampoco te dicen que dudarás de ti mismo. Que habrá momentos en los que te preguntes si elegiste bien. Si valió la pena tanto sacrificio. Si tienes lo necesario para continuar. Pero hay cosas que tampoco te cuentan y que también son verdad. Nadie te cuenta la satisfacción silenciosa de ayudar. La calma que se siente cuando un paciente mejora. La gratitud que no siempre se expresa con palabras, pero que se percibe en una mirada. Nadie te cuenta lo mucho que creces. Lo fuerte que te vuelves. La capacidad de adaptarte, de resistir, de aprender incluso en condiciones difíciles. Nadie te cuenta que el internado te enseña humildad. Te recuerda constantemente que no lo sabes todo, que siempre hay algo nuevo que aprender y que pedir ayuda es parte del camino. Nadie te cuenta que, a pesar de todo, habrá momentos en los que sentirás orgullo. No un orgullo ruidoso, sino uno tranquilo. El orgullo de haber seguido cuando era más fácil rendirse. Este capítulo no busca asustar ni desmotivar. Busca decir la verdad. La verdad que muchos viven y pocos dicen. Porque el internado no es solo una etapa dura, es una experiencia transformadora. Y aunque nadie te lo cuente, una vez que lo vives, entiendes que todo lo que te quitó también te dio algo a cambio.

Carácter.

Resiliencia.

Humanidad.

Y quizás, eso es lo que realmente forma a un médico.

Capítulo 18
Aun así, volvería a elegirlo

Después de todo lo vivido, después del cansancio, de las dudas, del desgaste emocional y de los silencios acumulados, hay una pregunta que inevitablemente aparece: ¿volvería a elegir este camino? La respuesta no llega de inmediato. No es impulsiva ni romántica. Llega después de pensarlo con calma, después de mirar atrás con honestidad. Y aun así, la respuesta es sí. Volvería a elegirlo. No porque haya sido fácil. No porque siempre haya sido justo. Y mucho menos porque haya estado libre de sacrificios. Lo elegiría precisamente porque me transformó. La medicina me enseñó a conocer mis límites y a enfrentarlos. Me mostró que la vocación no es entusiasmo permanente, sino compromiso sostenido. Que hay días en los que no se siente nada extraordinario, y aun así hay que estar presente. Volvería a elegirlo porque aprendí a ver al ser humano más allá del diagnóstico. A escuchar más, a juzgar menos. A entender que cada paciente llega con una historia que no siempre se cuenta completa. Volvería a elegirlo porque, a pesar del desgaste, hubo momentos que lo valieron todo. Una mejoría inesperada. Una palabra de agradecimiento. Una mirada tranquila después de una noche difícil. Pequeños instantes que no aparecen en los currículos, pero que sostienen. También volvería a elegirlo porque entendí que la medicina no solo me dio una profesión, me dio identidad. Me dio una forma distinta de estar en el mundo, de comprender la fragilidad y la fuerza que conviven en cada persona.

No idealizo el camino. Sé lo duro que es. Sé lo que cuesta. Sé lo que quita. Pero también sé lo que aporta. El internado me quitó horas, energía y cierta inocencia. Pero me dio carácter, resiliencia y una claridad profunda sobre quién soy y qué quiero hacer. Volvería a elegirlo porque, incluso en los momentos más difíciles, nunca dejé de sentir que estaba donde debía estar. Aunque cansado. Aunque con dudas. Aunque con miedo. Elegir la medicina no significa no sufrir. Significa aceptar que el sufrimiento también forma parte del proceso, y que el sentido se construye en medio de él. Hoy, mirando atrás, puedo decir que no fue un error. Fue una decisión exigente, imperfecta y profundamente humana. Y aun sabiendo todo lo que sé ahora, aun con todas las cicatrices que dejó el camino, volvería a ponerme la bata blanca.

No por orgullo.

No por reconocimiento.

Sino porque, a pesar de todo, fue y sigue siendo mi elección.

Epílogo — Para quien está por empezar

Si tienes este libro en tus manos y estás a punto de iniciar el camino de la medicina, no sé exactamente qué te trajo hasta aquí. Tal vez la ilusión. Tal vez la curiosidad. Tal vez el miedo. O quizás una mezcla silenciosa de todo eso.

No voy a decirte que será fácil. Mentirte sería una forma de traicionarte.

La medicina exige más de lo que imaginas al inicio. Exige tiempo, energía, paciencia y, muchas veces, partes de ti que aún no sabes que tendrás que entregar. Te va a cansar. Te va a poner en duda. Te va a enfrentar contigo mismo en momentos en los que no tendrás todas las respuestas. Habrá días en los que sentirás que no eres suficiente. Días en los que memorizar huesos, músculos, diagnósticos y tratamientos parecerá imposible. Noches largas, madrugadas sin dormir, exámenes que pondrán en juego tu confianza. Habrá silencios que no sabrás cómo llenar y decisiones que pesarán más de lo esperado. Y cuando llegues al hospital, entenderás que ahí se aprende mucho más que medicina. Aprenderás a observar, a escuchar, a callar. A veces aprenderás de la forma más dura, viendo de cerca el dolor humano. Entenderás que no todo se puede curar, que no todo depende de ti, y que aun así tu presencia importa.

Pero también quiero que sepas algo: no todo es desgaste.

En medio del cansancio habrá momentos pequeños, casi invisibles, que lo sostienen todo. Un paciente que mejora. Un agradecimiento sincero. Una enseñanza inesperada. Un compañero que se vuelve familia. Una guardia difícil que, contra todo pronóstico, logras superar. La medicina no te va a convertir en un héroe, pero sí te va a transformar. Te va a quitar cierta ingenuidad, pero te va a dar profundidad. Te va a enseñar que la vocación no siempre se siente, pero se elige todos los días. No te prometo reconocimiento. No te prometo estabilidad inmediata. No te prometo que siempre te sentirás orgulloso del sistema ni de cómo funcionan las cosas. Pero sí te prometo que, si resistes, saldrás distinto.

Más consciente.

Más humano.

Más real.

Rodéate de quienes te apoyan. Agradece a quienes creen en ti, incluso cuando tú no puedas hacerlo. No olvides de dónde vienes ni por qué empezaste. Y cuando el cansancio te haga dudar, recuerda que no estás solo: otros ya estuvimos ahí, con miedo, con dudas, con ojeras y con esperanza. Si decides continuar, hazlo con los ojos abiertos y el corazón firme. La bata blanca pesa, pero también enseña. Cobra un precio alto, sí… pero deja aprendizajes que ningún otro camino ofrece. Y si algún día te preguntas si vale la pena, espero que estas páginas te recuerden que, aun con todo, hay razones para seguir.

Este camino no es para todos.

Pero si es para ti, lo sabrás.

Y cuando lo sepas, aunque cueste,

camina con dignidad.

Sobre el autor

Dr. Wander Santos, MD

Médico en formación en la República Dominicana, con experiencia en hospitales públicos del país. Apasionado por compartir la realidad del internado médico, sus desafíos, aprendizajes y emociones. A través de este blog, busca acompañar a estudiantes de medicina y ofrecer un testimonio honesto de lo que implica la vida detrás de la bata blanca.

Propósito del blog

Este blog fue creado para quienes sueñan con la medicina, para quienes la viven desde dentro y para quienes desean comprender el verdadero costo humano del internado médico. Aquí encontrarás relatos, reflexiones y consejos basados en experiencias reales.

Datos de contacto y redes.



El precio de la bata blanca
Dr. Wander Santos, MD 20 de enero de 2026
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